“EL FISCAL DE HIERRO”
- Palemón Alamilla

- 30 may
- 4 min de lectura

El 24 de mayo, de este 2026, leí la noticia en El Universal: “Reportan fallecimiento de Javier Coello Trejo...”. De inmediato recordé aquel año 1989 que lo conocí, en tanto fue subprocurador de Investigación y Lucha Contra el Narcotráfico y, el licenciado Maurilio Mendoza Díaz (QEPD), mi entonces director de Control de Procesos y gran maestro en la práctica, me instruyó apersonarme en la oficina de “El Fiscal de Hierro”.
Semanas atrás, de aquella instrucción, agentes de la Policía Judicial Federal detuvieron -en Guadalajara- a Miguel Ángel Félix Gallardo, a quien identificaban (hasta en un corrido), como “el jefe de jefes”; sí…, el mismo que lideraba, a quienes, en distintas regiones del país, estaban al frente de las actividades del narcotráfico; algunos, hoy, presos en los Estados Unidos de América.
Los excompañeros de averiguaciones previas lo consignaron e internaron en el reclusorio Sur, de la ahora Ciudad de México, a disposición del Juez Décimo de Distrito (competencia federal). En breve, comenzaron algunas situaciones que inquietaron y, para corregirlas, entre otras cosas, designarían a un agente del Ministerio Público Federal, quien, desde la Dirección de Control de Proceso acudiría, para participar en el proceso penal… …y, para ello, fui comisionado.
En mi libro, Por la puerta de enfrente. Relatos de una agente del Ministerio Público, referí a esos antecedentes, y a los días previos a las audiencias correspondientes; en una de las que, Félix Gallardo, realizó una velada amenaza -al subprocurador- por mi conducto. Una vez que así lo informé, mi director, lo hizo del conocimiento del director general y, ambos, del subprocurador, quien ordenó mi presencia en la oficina que ocupó. Lo que ese día aconteció, lo narré así en el libro:
“…Me impresionó ese hombre de gran estatura y gruesa complexión, de ojos claros y voz acentuada. “Qué tal licenciado, a ver platíqueme que dijo ese hijo de la chingada de Félix Gallardo”. Buenas tardes, señor, dije con algo de impresión y un poco de pánico escénico. En mi vida había estado en una oficina, como en la que me encontraba.
” Después de saludar, narré lo que aconteció en la audiencia. Me preguntó si algo más había dicho el procesado y contesté que no. Ordenó la presencia de un comandante, quien, entró enseguida y le dijo, “…a las 12 de la noche, usted y yo, vamos a entrar al reclusorio Sur, le voy a preguntar a ese hijo de la chingada de Félix Gallardo qué quiere” y agregó, …refuercen la vigilancia de la casa” (esto último, por la afirmación… “…un día de estos voy a visitarlo”, seguramente), “como ordene señor”, contestó y salió el mando policiaco. Volteó a verme el subprocurador, para decirme, “que le vaya bien licenciado”.
Semanas después, al concluir la audiencia, y en tanto firmábamos (los que en la misma intervenimos), Félix Gallardo me hizo un comentario ‘sutil’ desde las rejas, al decirme: “cuídate, los carros podrían atropellar a los abogados, allá afuera…”, al informarle (s), a los directores, preocupados pidieron una escolta -para mí-, al subprocurador, quien dijo: “no tengo policías para cuidar ministerios públicos…”, y recomendó: “…si le faltan ‘güevos’, que renuncie” y, le dije a mi director, no señor -ni faltan ni sobran…- …le sigo.
Interactué con don Javier, dos o tres veces más. Si bien no participé en la investigación y detención del exlíder sindical petrolero Joaquín Hernández Galicia (a) “La Quina”; después, detuvieron a todos los secretarios de las secciones de ese sindicato, a quienes dejaron a disposición del Juez Noveno de Distrito, internos en el reclusorio Sur, quien declaró su incompetencia, por fuero y territorio (debía conocer del asunto un Juez del orden común en Tamaulipas), y, el traslado del expediente y procesados, bajo la responsabilidad de la institución del Ministerio Público Federal.
Don Javier ordenó mi presencia en su oficina (ya me ubicaba), y me instruyó ir a Ciudad Victoria, para exponer el asunto al Magistrado presidente del H. Tribunal Superior de Justicia de Tamaulipas; y, para ello, en el vuelo, conocer del asunto, ya que no intervenía en el mismo. Una vez que me entrevisté con él, me pidió el señor Magistrado, trasladarme a Ciudad Madero, en donde un Juez no aceptó la competencia, lo que le informé al subprocurador y, complacido, ordenó mi regreso -inmediato- con el expediente. Cuando concluyó mi labor al frente de esa área de trabajo, me dieron otra de mayor relevancia, y me dijo el licenciado Coello Trejo -así- muy enfático, “…no me vaya a fallar licenciado”.
Años después, ya en su labor de litigante, coincidí con él. Con un buen amigo y colega profesor, en el Instituto Nacional de Ciencias Penales, desayunábamos en el restaurante “El Cardenal” (avenida Juárez), y llegó Don Javier. Al dirigirse a la mesa del finado Jorge Vergara, entonces dueño del Club de Futbol Guadalajara (a quien le atendía algún asunto), me vio y se desvió para dirigirse al lugar donde estaba con mi acompañante. De inmediato me puse de pie. Después del breve saludo y los parabienes recíprocos, dijo, como despedida: “me da gusto verlo”, lo que mucho agradecí.
Lo vi por última vez, cuando mi citado libro fue impreso (para familiares y amigos más cercanos, y para mis exjefes), bajo el título: Memorias de una agente del Ministerio Público. Se lo llevé a su despacho. Me recibió de salida, al abordar su automóvil (tuvo a bien comentarme que acudiría a una cita médica). Agradeció mi atención. No podía ser de otra manera…, “nobleza obliga”, …reza el refrán.
Se fue un abogado comprometido con lo que hizo, tanto en la función pública, como en el litigio. Se le adelantaron quienes fueron mis directores (general y de área), en esa actividad antinarcóticos. Mucho agradeceré -siempre- por el espacio de trabajo, la enseñanza y por fomentar el compromiso con México. Loable -la tarea de procurar justicia- en contra de los grupos delictivos que azotan a la ciudadanía y dejan una mancha oscura sobre nuestro país, que percibe -casi- todo el mundo.
Son tiempos distintos, cierto; aunque…, ¿cómo se viera un fiscal -con los arrestos de don Javier Coello Trejo- en estos tiempos? Y, de las diversas respuestas, relevante la afirmación: “la voluntad tiene que venir desde arriba”. Porque -contrario a lo que afirmó…- (y por lo visto), …comenzaron a barrer la escalera, desde abajo y, para que lleguen arriba, hace falta mucho, no solo un “Fiscal de Hierro”.
De otros grandiosos superiores jerárquicos y de memorables acontecimientos, también refiero en mi libro, que está disponible para usted (es), en:





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